Skip to content

UNA REFLEXIÓN SOBRE LA FRAGILIDAD

A propósito de la COVID 19.

La salud y la juventud son un hermoso don, de un valor incalculable. Si bien el mantenerse joven, salvo que tengas los recursos económicos y sólo con fines estéticos, es más una quimera, la salud si que podemos luchar por mantenerla en óptimas condiciones. Aún así, lo cierto es que tu apariencia, de una u otra forma va de la mano con tu salud. Un cuerpo sano tiende a verse joven y vigoroso, dentro de los márgenes razonables de la edad.

Pero, ¿a qué viene todo esto? No es un secreto que jamás he gozado de la mejor de la saludes. Prácticamente toda mi vida la he pasado con sobrepeso. Salvo periodos de tiempo en que una estricta disciplina me permitió lucir un cuerpo más esbelto, o ese periodo oscuro en que la obsesión terminó convirtiéndose en un desorden alimenticio que me hacía ver más mal que bien, el resto del tiempo he sido robusto. Pero de alguna forma uno se convence de que las cosas están bien, de que las cosas son así. No puedo luchar contra la genética, lamentablemente mi genética me mantiene robusto. Pero hay una gran diferencia entre estar predispuesto a tener un cuerpo ancho y dejarse caer en el conformismo y la pereza.

Toda mi vida fui fuerte, aún en los peores momentos mi cuerpo siempre me respondió con fuerza, con entereza, con aguante. Hasta hoy podía jactarme de que estaba sano, de que era joven, de que era invencible. No había enfermedad que me tumbara en cama más de un media día, o que me hiciera pensar en la fragilidad de mi propio cuerpo. Aún en los momentos más difíciles de aquel incipiente trastorno alimenticio, con semanas sin probar bocado alguno, mi cuerpo robusto aguantaba. Y cuando al fin hice clic y me di cuenta de que dañaba mi cuerpo por una tontería sin sentido, y volví a comer, recuperarme de eso fue una cosa de nada. Mi cuerpo se portaba como un campeón, un titán cuyo vigor era envidiable.

Entonces pasó. Muchos años después de todo eso. Cuando aún me sentía fuerte e invencible. Mi cuerpo me dijo: —Ele, en realidad soy frágil, más de lo que imaginas—.

Escribo esto con la vanidad del que se sabe bien librado. Con la certeza de que ya estoy del otro lado y viviré un poco más. La crónica, que conozco de a oídas, ya que la mayor parte del tiempo la pasé medio moribundo, y sin entrar en morbosos detalles —adelanto que será corta—, es más o menos la siguiente: Comenzó como un resfriado común.

Fiel a mis costumbres, y puesto que en esos momentos me encontraba trabajando en unas reformas en casa —terraza nueva—, tomé antigripales y me fui a dormir. Al día siguiente, y contra todo pronóstico auto vaticinado, no mejoré, al contrario, me sentía pésimo. La fiebre no remitía, me dolía todo el cuerpo, no podía concentrarme, y se asomaba una inusual tos seca que me pareció de lo más extraña. Todo ese día, un sábado, la pasé tirado en cama obligando a mi cuerpo a que se recuperara. ¿Cómo pensaba defraudarme, y encima por una simple gripe? Esa misma noche, en un lapsus de humildad —¿y por qué no decirlo?, miedo—, y reconociendo que lo que me ocurría no era nada normal, envié un mensaje al grupo de WhatsApp familiar pidiendo ayuda.

Al día siguiente, un domingo, mi hermano mayor, ese que no se cansa de contar que de bebé me cambiaba los pañales, ya me esperaba para llevarme al médico familiar.

Abro un pequeño paréntesis para hacer una reflexión dentro de la reflexión. Algo así como en la película “El Origen”. En las noticias oímos todo el tiempo sobre el coronavirus. Propaganda nos bombardea diciendo que tengamos cuidado, que extrememos precauciones, que es una enfermedad real. Desde luego, claro que siempre la vi como una enfermedad real. Este año he perdido familiares y amigos por este terrible mal, pero hasta ese momento dimensioné a que se referían las noticias con los colapsos médicos. El consultorio del doctor se encontraba abarrotado. Todos los pacientes, venidos de los lugares más inverosímiles, todos sin excepción, presentaban los mismos síntomas, todos eran pacientes con COVID. El doctor no tuvo que hacerme muchas pruebas para identificar el problema, sólo verme supo lo que tenía. No en vano, desde que inició este problema, ha trabajado día y noche sin descanso, salvando a cientos de personas, la mayoría que ni siquiera se hizo la prueba pues estaba más atenta a salvarse que ha cumplir con una formalidad insufrible (¿quién, enfermó de gravedad, va a hacer fila a las tres de la madrugada a un módulo de gobierno para que le diga que sí, tiene el bicho?). Dato curioso y triste, el doctor ha salvado muchas vidas, pero una de las que no pudo salvar, fue la vida de su propio padre, que murió a causa de esa enfermedad. Aún en duelo no dejó de atender pacientes. Confirmo que ese hombre es un verdadero héroe, como muchos otros doctores y doctoras que trabajan atendiendo estos casos. En verdad, una vez que dimensionas todo su trabajo y sacrificio, se te hace un nudo en la garganta. Y todo ocurriendo en un pequeño consultorio particular, no imagino cuán desbordados están el resto de hospitales.

No soy médico, desde luego. Ignoro todo lo referente a la medicina y los tratamientos. Lo único que sabía, porque me lo dejaron bien en claro, es que no existía tratamiento concreto para el COVID. Se puede ayudar al cuerpo a que esté fuerte para que se sane a sí mismo, pero no combatir propiamente dicho al virus. Mi tratamiento empezó con algún medicamento intramuscular. Una inyección directa al glúteo de algún cóctel extraño. Estaba tan adolorido de todo el cuerpo que el piquete ni lo sentí. Al día siguiente, un lunes, recibí un segundo piquete. Para entonces ya había remitido la fiebre y el dolor muscular. Me sentía que mejoraba. Pero no.

El drama comenzó el martes. La extraña tos, a diferencia del resto de síntomas, persistía y se ponía peor. No conforme con eso, a cada momento me era más difícil respirar. ¿Alguna vez escuchaste ese chiste diagonal troleo de “respiración automática desactivada”? Algo así, pero de verdad. Toda mi mente y todo mi cuerpo estaban fijos en una única cosa, respirar. Con un conteo de saturación de oxígeno de ochenta —en mi vida jamás había oído hablar de semejante cosa—, si no conseguía estabilizarme el siguiente paso sería un respirador. En ese momento se olvidaron de mi pompi y se concentraron en mi brazo. El doctor no tardó en enchufar un catéter a la vena que se dejara e inyectó un extraño cóctel muy distinto. Lo cristalino se volvió blanco, los dos mililitros se volvieron cuatro, y el dolor de un simple pinchazo se transformó en el ardor de un denso líquido extraño entrando directo al torrente sanguíneo. El cuerpo, sin embargo, no reaccionó.

Para esto, independiente a las inyecciones, ya estaba tomando un puñado de fármacos. Así mismo estaban nebulizándome con medicamento para asmáticos. Además me obligaban a tomar horribles electrolitos, que saben a todo menos a lo que dicen que deben saber.

El martes se convirtió en miércoles. No me dolía absolutamente nada, sentía mi cuerpo fuerte, pero no podía respirar. Todo mi mundo era respirar. No dormía, no comía, si bebía eso eran los electrolitos. Cuando el doctor se enteró me envió enseguida a vitaminarme. ¿Qué puedo decir? Llevaba cinco días sin probar bocado alguno. Para mi defensa no tenía hambre. ¿Autosabotaje? Seguramente, pero no porque quisiera morir, al contrario. Me pusieron suero y multivitamínicos, todo entrando por la misma vena maltrecha.

Dato curioso, mis venas son tímidas. Encontrarme una vena para canalizar el medicamento fue una labor titánica.

El resto del tiempo no supe qué pasó. Lo que recuerdo es a mi hermano mayor moviéndome de allá para acá, obligándome a comer, obligándome a beber. Recuerdo al personal médico llenándome el cuerpo de suero, vitaminas y medicamento, mucho medicamento. Pero lo que más recuerdo era respirar. Porque sin importar todo lo qué pasaba a mi alrededor, llevarme a mis citas, los medicamentos, mi esposa bañándome para mantenerme limpio, mi familia preocupada, obligarme a comer y beber a pesar de las náuseas. Y aunque todo eso ocurría al mismo tiempo, toda mi mente y todo mi cuerpo se concentraban en una misma cosa, respirar.

Los pulmones son cosas que damos por sentadas. Después de todo la respiración es automática —salvo cuando alguien a la mala te desactiva la respiración automática—. Al final se te olvida y sigues respirando tan pancho. Pero, ¿y si no puedes respirar? Era completamente delirante. Me perdía entre sueños, productos del cansancio, todos interrumpidos por la imperiosa necesidad de mantenerme consciente para respirar. Para ser honestos, estuve al borde de la muerte. A veces las explicaciones sobran, simplemente están de más. Lo único que hay que decir es que por una cosa de nada y no la libro.

Fue hasta el martes 29 de diciembre del presente año 2020, a dos días de acabar el año que casi no paso con vida, y luego de hincharme el cuerpo de suero, vitaminas y los medicamentos más fuertes y dolorosos que jamás me había metido, que los pulmones reaccionaron.

En ese momento el doctor puso su mano en mi hombro, me vio directo al rostro y dijo: —Volviste a nacer—.

Ya estoy fuera de peligro. Aún así debo seguir con el tratamiento, restan al menos dos semanas más de inyecciones, espero menos fuertes y dolorosas. Sigo cuidando celosamente mi catéter, está canijo para encontrar otra vena. Necesito reposo total hasta no estar bien por completo; y como dijo el doctor, mis pulmones jamás volverán a ser los mismos. Pero prometo cuidarlos. Por ahora vuelven a funcionar, por ahora puedo respirar, y vaya si es una sensación tan agradable.

Aclaro que esta es una versión fría e impersonal, diseñada para estar en un blog. Aquí no cuento todo el apoyo que recibí de amigos y familiares, ese extraordinario calor humano que tanto se necesita en esos momentos tan difíciles. Reconocimiento especial a mi esposa, que aguantó lo más difícil con entereza, siempre animándome. Y a mi hermano mayor, que volvió a cuidar de mi como cuando era un bebé, no tengo forma de agradecerle tanto. Y por supuesto al doctor, que me deja con vida para seguir salvando vidas, hasta que esta pesadilla acabe.

Tengo veintinueve años. A esta edad la fuerza y la juventud te hacen arrogante, te hacen sentir que nada te puede pasar, te hacen sentir con el derecho a comerte el mundo y manipularlo a tu antojo. La verdad es que todo eso es una simple ilusión. Somos cosas frágiles que hoy están y mañana quién sabe. Todos tus planes y proyectos se convierten en nada ante la expectativa de morir. Aunque, a decir verdad, no pienso en la muerte sino hasta ahora que sé que viviré un poco más. En ese momento, cuando en verdad me estaba muriendo, sólo pensaba en respirar. ¿Eso deja alguna lección? Seguramente sí, pero por ahora se me escapa.

No sé qué más decir. A veces sobran explicaciones.

SEGUIR. DAR LIKE Y COMPARTIR:
Published inBlogEle

Be First to Comment

Deja un comentario