¿Qué tan correcto es lo correcto?

La corrección política es, en el mejor de los casos, un lineamiento claro y conciso para la diplomacia más pueril. En el peor de los casos, un organismo de contención y represión para las ideas transgresoras; entiéndase como transgresora toda aquella idea que no vaya de la mano con la agenda política, sin importar si es o no legitima. Venga, como en cualquier distopía del siglo XX.

No me pondré aquí a hablar de las minorías que la corrección política busca proteger, por temor a que alguien se sienta ofendido. Ciertamente todo aquel o aquella que viva en condición de vulnerabilidad, es susceptible a ser maltratado, por tanto, es candidato a ser protegido. El tema no es a quién se protege y a quién no, el tema es de qué forma se le protege.

Es un hecho que la mayoría se queja, en especial medios de comunicación. Dicen con amargura que la corrección política los está ahogando. Ante eso la masa progresista y simpatizantes empiezan a ridiculizar a los quejosos. ¿Por qué? Porque no consideran que sus quejas sean legitimas. Es, en realidad, una respuesta lógica ante la forma en que un puñado de cínicos se burla de la corrección. Ojo por ojo, diente por diente. Pero cabe aquí destacar una cosa. Los cínicos que se burlan de la corrección política, no representan a todos los que se ven afectados por dicha corrección.

Un ejemplo de un cínico es el actual presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump. Él ataca directamente a la corrección política. Toda vez que se le cuestionaba por haber llamado cerda a una mujer o violadores a todos los mexicanos, es toda vez que el cuestionamiento se le resbalaba, y argüía además que el problema no era él, sino progresistas con su desequilibrada corrección política.

Al final, ¿quién sale perdiendo? La mayoría, sin duda. Porque no hablamos de los cínicos, que esos con o sin corrección política seguirán transpirando odio, y seguirán dando sus mensajes venenosos sin inmutarse. Pero, ¿y el resto?

Las redes hacen comunidades omnipresentes y omnipotentes, una suerte de semidioses, que tanto te levantan y promueven, como te matan tan pronto les dejas de ser útil. No por nada redes sociales como lo es Twitter han sido comparadas con la Deat Note, por el anime del mismo nombre. Tan pronto alguien hace una declaración desafortunada, hace un gesto inoportuno o realiza una acción cuestionable, las masas se encargan de matar socialmente a esa persona.

Las masas son indolentes, no piensan por separado, sino como una entidad colectiva. Ya en parte habla de eso Jaron Lanier, uno de los padres del internet, en su ensayo “Contra el rebaño digital”. Y como entidad colectiva, ya no son humanos.

Estoy a favor de luchar por los derechos individuales de las minorías. Pero estoy en contra de aplastar las garantías individuales de otras personas solo para conseguirle esa visibilidad a las minorías.

Ya lo dijo el tío Ben, todo poder, conlleva una gran responsabilidad, y pareciera que las masas, dígase pro-aborto, dígase feministas, dígase LGBT+, dígase animalistas, etcétera, no se están dando cuenta del poder que tienen, o incluso si se dan cuenta, al final no lo están usando con responsabilidad.

Por citar un caso conocido, tenemos al músico Armando Vega-Gil, que se suicidó después de empezar a recibir odio tras la irresponsable declaración de una anónima a través del #MeToo que aseguró haber sido abusada sexualmente por el músico y activista. Como mencionó el mismo músico, tras retirarse había volcado toda su vida al activismo social a favor de jóvenes y niños. Una acusación de abuso a una menor, sea o no comprobada, acababa con toda su credibilidad y con todo su trabajo social. No es el único caso donde el acoso ha terminado en muerte, pero sí uno sonado por lo reconocido de su figura central.

El poder de las masas vino para quedarse. Cuántas víctimas inocentes cobrará. Eso está por verse. Por ahora nos queda el sarcasmo y el cinismo, la tapadera para una actitud irresponsable.

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