¿Hasta dónde llega mi ignorancia?

Cuando nos miramos al espejo difícilmente nos detenemos a pensar en la persona reflejada en el cristal. La imagen nos es tan familiar, tan común, que solo tenemos ocasión de notar lo que está fuera de sitio para justamente regresarlo a su lugar.

Esta mañana, sin embargo, al verme en el espejo me dije a mi mismo: –Esta es la cara de un ignorante–. Y no, no es que tenga baja autoestima, al contrario. Tampoco es que la gente me lo diga a cada rato –aunque un poco sí que lo hacen–. Simplemente, es la verdad. Y sí, ya estoy cayendo en ese cliché que dice que todos ignoramos, pero no todos ignoramos las mismas cosas.

Acepto que soy ignorante. Y es que, es, de hecho, el primer paso para llegar al conocimiento. Hoy más que nunca el acceso a la información es rápido y especifico; lo que no garantiza su seguridad. La información está ahí, por montones. Es más de la que podemos leer y asimilar. Pero, ¿es correcta?

Aceptar que somos ignorantes es aceptar que somos susceptibles a corrección. Es aceptar que nuestra palabra no es ley y puede estar equivocada. Es aceptar que existen personas menos ignorantes que nosotros, que saben más de lo que nosotros sabemos sobre algún determinado tema.

¿Hasta dónde llega mi ignorancia? Hasta el infinito, y más allá.

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