Efebifobia, neoesnobismo y Greta Thunberg.

Allá por el siglo XVII los adultos tenían a la literatura de ficción, dígase cuento, dígase novela, como un vicio propio de jovencitas y jovencitos ociosos. Les parecía un completo despropósito pasar horas sentados sin hacer apenas nada, con las narices metidas entre libros sin oficio ni beneficio. En realidad, desde siempre ha existido ese sentimiento de desprecio a la juventud, lo que representa y lo que la representa. Hoy día no es mal visto toparse con un jovencito leyendo un libro; pero por alguna razón a los adultos les hierve la sangre que jueguen videojuegos, vean películas o series en su Smartphone o interactúen en su red social favorita. Lo cierto es que todo ello, desde leer una novela hasta colgar una historia en Instagram, es simple entretenimiento. De hecho, la misma clase de entretenimientos que muchos adultos comparten, aunque no quieran reconocerlo. Paradójicamente, ver a una jovencita, o aun grupo variado de jóvenes, en una actitud demandante y proactiva en favor de cuestiones que les preocupan a ellos como jóvenes, eso también es mal visto. Entonces, ¿por qué se enojan realmente?

La sociedad mexicana es una sociedad lastimada en muchos sentidos, uno de ellos es su dignidad. Como mexicanos siempre nos hemos visto reducidos, apocados, intimidados. Tal condición, con independencia de su origen, ha cimentado las bases de un esnobismo recalcitrante. Dicho esnobismo toma muchas caras, dígase clasismo, dígase sexismo, dígase racismo. Al final todo es una cosa y lo mismo, la reacción ante la frustración.

“Al mexicano no le gusta que el mexicano triunfe”.

“El peor enemigo de un mexicano es otro mexicano”.

Adagios como estos circulan en el subconsciente colectivo. Gente los demanda, gente los acepta; los unos y los otros lo viven. Todo sea por ese deseo vehemente de aparentar ser lo que no se es, de imitar lo que se cree es superior. Revelador resulta que, entre más pobre es la persona, mas ostentoso es el gasto que hace cuando puede hacerlo. Puede intuirse con facilidad la fortuna de un empresario analizando la calidad de sus pantalones. A mayor calidad menor fortuna.

¿Pero qué tiene que ver todo esto con Greta Thunberg?

Con motivo de la relevancia que tomó la joven activista ambiental, debido a su intervención ante los líderes mundiales en una famosa cumbre, la menor de dieciséis años a recibido una oleada de críticas y odio por parte de una facción bastante considerable de mexicanos. Nótese que menciono a los mexicanos, pues México es mi país y de ellos puedo hablar, pero sé que ese odio es generalizado en toda Latinoamérica, por mas o menos las mismas cuestiones aplicables a la sociedad mexicana.

Entre los argumentos para tanto odio están las teorías conspirativas que dicen que la menor es un títere de las empresas verdes con la que buscan generar jugosos dividendos. También hay quienes la critican por ser blanca, por ser sueca, por ser privilegiada, por recibir un Nobel, por ser europea, por tener cara de loca, por hablar con tanta seguridad, y un largo etcétera lleno de frivolidades.

Una sociedad tan acomplejada, como lo es la mexicana, naturalmente que hizo suya la idea de que la pobreza es sinónimo de humildad, y que la humildad es sinónimo de bondad. En contraparte, todo lo que sea superior es malo. Es justo a esta idea a la que llamo neoesnobismo. Seguramente el fenómeno tenga otro nombre, considerando qué tal concepto ya se percibía en los cuentos de los hermanos Grimm, pero mi limitada capacidad no da para más. Este neoesnobismo, más que tratarse del estatus y posición social y económica, está más orientado a la calidad moral. Es en ese sentido en el que, saberse humilde, te hace mejor moralmente hablando.

Esto es obviamente un sofisma, y es ahí donde empiezan los problemas. Aunque en general la fórmula funciona, y considerar a los pudientes como malos resulta acertado, no significa que siempre sea así. El problema es que el esnobista no se da cuenta de si lo que imita está bien o mal, simplemente lo replica hasta el hartazgo.

Tal práctica se mezcla con otro problema profundamente arraigado en la sociedad, el analfabetismo funcional en el que viven la mayoría de mexicanos. Tómese en cuenta que una persona puede ser estudiada y aún así ser un analfabeto funcional. Estos son incapaces de analizar de manera objetiva los problemas complejos. En consecuencia, reducen los problemas a cosas que pueden ver y entender. En este caso, todo el tema del cambio ambiental, la responsabilidad humana y las medidas indispensables para la propia supervivencia de la humanidad, resulta incommensurable, al menos para ellos. Así que se limitan a fijar su opinión en la forma en lugar de en el fondo. Critican a una niña de dieciséis años en lugar de discutir el importantísimo tema que la jovencita expone.

Finalmente, lo único que queda en evidencia, es la profunda ignorancia que demuestran aquellos que son incapaces de ver más allá del rostro de una jovencita.

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